NO SÉ SI SE ME NOTARÁ, PERO ES QUE NI ME GUSTA EL VIENTO, NI ME GUSTA LA NOCHE ...HOY: "CON EL VIENTO EN CONTRA"




La noche en la que el chulito de Giacomo Cazzetti recibió una soberana paliza soplaba en la ciudad un furioso viento un poco metálico y centelleante, como de filo de cuchillo, que no presagiaba nada bueno.
El oportuno ulular de las cortantes rachas amortiguó los secos golpes propinados con saña a un cuerpo que sólo una hora antes causaba furor en una rancia sala de baile con sus fanfarrones meneos.
Medio desmontado en un callejón y horrorizado al entrever con el ojo menos hinchado la sonrisa más seductora del hampa desperdigada por la acera, Giacomo Cazzetti deseaba que una fuerte ráfaga barriera los últimos minutos de su existencia. Pero estaba visto que aquella noche tenía, una vez más, el viento en contra.

A VER, A VER...¿PERO ES QUE NO SABEMOS ENVEJECER?...HOY: "CADA MAÑANA"


Es un ritual cotidiano, un deber ineludible, una costumbre elevada a religión, un arte sagrado desde que la perfección intacta de la primera nieve desapareció de su aterciopelada piel.
Cada mañana, como el albañil encaramado en su andamio para restaurar una fachada, se sienta frente al tocador y sonríe al espejo con expresión pretendidamente juvenil y coqueta, implorando del severo reflejo su necesaria aprobación.
En vista de su hostilidad, saca fuerzas de flaqueza para iniciar la concienzuda labor de reconstrucción de un rostro que en su día fue objeto de deseo, admiración y envidia.
Con arte minucioso tapa, disimula y corrige, sin que el trémulo pulso dude ni un instante en su sabio proceder.
Una vez finalizada la obra, quizás algo recargada pero lograda al fin y al cabo, apenas quedan restos de la zozobra matutina. Entonces, con el ánimo tan retocado como su imagen, el anciano don Gumersindo Peláez y Morales de la Encina se mira satisfecho, vuelve a sentir el indispensable entusiasmo vital para empezar un nuevo día, y piensa que, una vez más... se va a comer el mundo.

ALLÁ VA UNA ESCENA PLAYERA...HOY: "EL ÚLTIMO BAÑO"


Lo primero que hace al llegar a su destino es descalzarse y hundir los pies en la arena tibia. Convierte a continuación su mano en visera para contemplar con ojos lánguidos la superficie excepcionalmente plácida que es el mar aquella mañana.
Piensa, no sin cierta nostalgia adelantada, que quizás sea éste uno de los últimos días del año para poder tatuarse en la piel ese verano que, cuando el frío le azote los sentidos, podrá recuperar de nuevo con melancólico placer.
Se despoja entonces de ropa, espacio y tiempo, y se funde poco a poco en un agua de estimulante frescor. Nada en completa soledad bajo un sol amable mientras saborea,
más en armonía con su cuerpo que nunca, el perfume de las algas.
Finalmente regresa a la orilla como quien vuelve de un largo viaje, en paz con sus propios fantasmas e incluso con el universo entero, para dejarse acariciar, antes de abandonar la playa hasta el año siguiente, por la decadente belleza de septiembre.


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