jueves 19 de noviembre de 2009

¿A QUE SE NOTA QUE NO SOY NOCTÁMBULA? ¿EH? ¿EH?...HOY: “DESASOSIEGO”

Solía tener el sueño muy pesado, pero aquella noche se despertó de golpe. Echó un vistazo al reloj; los numeritos luminosos señalaban las tres de la madrugada. “Qué curioso”, pensó entre una soporífera neblina, “es la hora que siempre marcan los despertadores en las películas de miedo”.
Tenía calor. Posiblemente, esa había sido la razón de su brusco despertar. Se incorporó sobre la cama. Fue entonces cuando, en el oscuro silencio de la habitación, algo procedente del exterior llamó la atención de sus oídos.
Subió la persiana y abrió la ventana. En aquel momento, reconoció el sonido: era un silbido, pero no alegre y despreocupado, sino perverso e inquietante. Para mayor desazón, se movía con exasperante lentitud, camuflado entre coches aparcados, soledad, sombras y farolas de luz macilenta, sin ninguna intención de mostrar su identidad.
Cerró la ventana de manera instintiva ante lo que interpretó como una incomprensible amenaza. ¿Quién sería el propietario del dichoso silbido? ¿Un asesino en serie? ¿Un asesino a sueldo? ¿Le estaba buscando a él, quizás? ¿Pero por qué, si no había hecho nada? No se le ocurrió otra cosa que meterse en la cama y cubrirse con la sábana hasta la cabeza, como hacía cuando el miedo le atenazaba de niño. Pero de poco sirvió: el silbido ya le había descubierto y se entretuvo en seguirle, sombrío y sibilino, imitando a la serpiente que repta hacia su presa con traidora frialdad.
Dieron las cuatro de la madrugada, y las cinco, y las seis. En tres horas, cambió de habitación varias veces, se puso en las orejas los tapones de ir a la piscina, se los quitó, se comió una pizza, la vomitó, se tomó un whisky y una tila por este orden, o quizás no, e incluso vio programas imposibles en la tele que asustaban mucho más que el silbido, pero… no hubo forma de controlar los nervios.
¿A qué hora consiguió dormirse? Cuando abrió los ojos a mediodía, no lo recordaba. Vio entonces luz, sintió los rayos del sol, oyó los pitidos de los coches, el ulular de una ambulancia, el llanto vecino de un niño…Y por fin ni rastro de aquella sádica y afilada cuchilla hecha silbido. Mientras respiraba aliviado, pensó de qué manera los miedos nocturnos adquieren una magnitud exagerada, y confirmó, una vez más, que las horas de inactividad dedicadas supuestamente al descanso son las que más se parecen a la muerte.

lunes 16 de noviembre de 2009

¿PUEDE LA MÚSICA CONVERTIRSE EN RIVAL DE UNA ESPOSA? ¡DIRÍA QUE DEPENDE… DEL ÓRGANO DEL MARIDO, JA, JA!... HOY: “LA CATEDRAL”

-¡Él me engaña, papá, sé que me engaña, estoy segura!
Y Hortensia se echó a llorar de nuevo al otro lado del auricular. El señor Fernando ya no sabía qué hacer. Notaba cómo las lágrimas de su hija le inundaban el oído, y de allí caían en cascada hasta su corazón. Mientras, su cerebro intentaba asimilar la sospecha. ¿El bueno de su yerno, traicionando a su mujer los lunes por la mañana, antes de entrar a trabajar? Le parecía imposible.
-Papaíto, tienes que ayudarme a averiguar la verdad. Yo no puedo seguir viviendo así… Tú harías lo que yo te pidiera, ¿verdad, papaíto, lo harías?
El señor Fernando no quería ver marchitarse a su Hortensia; aun reconociendo que se trataba de un asunto arriesgado y delicado, cometió la insensatez de responder afirmativamente. El amor de padre es así.
Al día siguiente, bien temprano, el señor Fernando, camuflado con una bufanda que le cubría casi todo el rostro, aguardaba la salida de su yerno. “Espérale allí, donde la frutería”, le había aconsejado imperativamente su dictatorial Hortensia, “es una esquina muy discreta”. El señor Fernando se sentía un idiota; sabía que una esquina nunca sería discreta.
Finalmente, Ernesto, el tímido y buenazo de su yerno, atravesó el portal. Había llegado el momento de actuar con eficacia; no podía fallarle a su hija.
El señor Fernando siguió a Ernesto por el centro de la ciudad; decididamente, aquél no era el camino más corto para llegar a su trabajo. Durante un cuarto de hora, recorrieron varias callejuelas, Ernesto con tranquila inocencia, el señor Fernando en tensión. Sobre las ocho de la mañana, su yerno se detuvo frente a la catedral e hizo algo insólito: llamó a la puerta con los nudillos. Esperó un minuto, alguien abrió, y Ernesto entró. El señor Fernando no quería entender nada. ¿La catedral, lugar de encuentros amorosos? ¡Adónde íbamos a llegar!
El señor Fernando, entre desconcertado y osado, empujó la puerta, con la esperanza de encontrarla todavía abierta. Tuvo suerte. Entró en el templo desierto, frío, y apenas iluminado. La solemnidad del lugar le hizo dar unas vueltas casi de puntillas, en busca de Ernesto, pero de su yerno, ni un pelo. De repente, oyó voces y ruidos en la parte superior. ¿Y si su Hortensia tuviera finalmente razón?
Los oídos del señor Fernando volvieron a captar algo, pero esta vez ya no eran voces, sino una melodía deliciosa y etérea, llena de sonoridad y expresividad. Las intensas notas musicales procedían del majestuoso órgano. El señor Fernando tuvo que sentarse en el banco más cercano; pensaba que la belleza de la música le provocaría un desvanecimiento. Allí permaneció maravillado, anonadado, hipnotizado, comprendiendo por fin el significado de la expresión “música celestial”.
El estado de éxtasis duró media hora. Un eco atronador sacudió el interior de la catedral, seguido de un silencio que parecía venir del más allá. El señor Fernando pensaba que se trataba del fin del mundo y del principio del paraíso, pero sólo fue el final del sublime concierto. Aún no había recuperado el aliento, cuando vio aparecer a Ernesto. Una voz masculina situada tras una columna se dirigió a su yerno:
-Le felicito, Ernesto. Va mejorando a pasos de gigante. Es usted un alumno aventajado.
-Muchas gracias, maese Pérez –respondió el aludido-, pero el mérito es sólo suyo, maestro. Hasta el próximo lunes.
-Ya sabe, aquí le espero.
Y el señor Fernando vio desaparecer a su yerno por el haz de luz que despidió la puerta abierta, mientras él permanecía sentado, pensando en qué le diría a su hija.

viernes 13 de noviembre de 2009

¿QUÉ TAL SI EMPEZAMOS EL FIN DE SEMANA CON ALGO ESTRAFALARIO?... HOY: “DESDOBLAMIENTO”

Aunque acabo de llegar al andén, ya me veo a lo lejos, en el otro extremo, esperando el metro. Esquivo piernas, brazos, menhires y miradas, con el objetivo de aproximarme más a mí. Lo hago lentamente, para tener tiempo de estudiar con calma mi reacción frente a los extraños y de diseccionar con frialdad mi comportamiento en este mundo subterráneo.
¿Con qué me encuentro? Con una expresión pétrea, una melena triste, unos ojos impenetrables, una boca amarga… En definitiva, con nada. No es una gran sorpresa; sin haberme observado nunca con tanto detenimiento, ya tenía la sensación de que debía de ser algo así.
Por fin logro traspasar la barrera humana y me detengo tan cerca de mí que podría sentir mi propio aliento, si no fuera porque apenas respiro. Ahí permanezco, intentando captar cualquier emanación de ese cuerpo impasible e indiferente, hasta que el metro hace acto de presencia.
Ha llegado el momento de perdernos nuevamente de vista. En fin, no puedo decirme aquello de “encantada de haberme conocido”, pero tampoco ha sido una experiencia traumática. Incluso estoy a punto de decirme adiós con la mano cuando me veo subir al vagón, pero al final no lo hago porque estoy segura de no responderme. Y total, para qué, si sé que odio las despedidas…

miércoles 11 de noviembre de 2009

MI TÍA ABUELA DECÍA: “QUIEN NO QUIERE A LOS ANIMALES, NO QUIERE A LAS PERSONAS”, ASÍ QUE AVISADOS QUEDÁIS… HOY: “EL ESCORPIÓN”

-¡Sí!
-¡No!
-¡Sí!
-¡No!
-¡Que sí!
-¡Que no!
-¡He dicho que sí!
-¡Y yo te digo que no!
Posiblemente, la pareja no se pondría nunca de acuerdo frente a un tema tan peliagudo: tener un escorpión en casa.
Para él era casi una necesidad compartir sus momentos de ocio con un animal que consideraba fascinante, digno del respeto y la admiración más profundos. Insistía una y otra vez en asegurar que no había ningún peligro, que no se escaparía nunca del terrario, que ella ni se enteraría de su presencia en casa.
Ella, en cambio, sentía hacia esos bichos una animadversión imposible de controlar. Una fobia, eso es, una fobia.
¿Qué hacer entonces, cuando el miedo más irracional choca con los deseos más ardientes de la persona amada?
Pues ceder, claro.
Y así entró en casa “Chulijumi”, escorpión de curioso nombre, que en dialecto de las montañas perdidas de donde procedía significaba algo así como “el inmenso poder del más pequeño”. Ese día, “Chulijumi” quedó cómodamente instalado en el fantástico terrario acondicionado con este fin y, una vez comprobado que todo estaba bajo control, la pareja se fue a dormir, él inmensamente feliz, ella inmensamente inquieta. La verdad es que no dejó de levantarse en toda la noche para asegurarse de que el animalejo seguía encerrado y sin posibilidad de huida, hasta que al fin, cansada de tantas idas y venidas, consiguió conciliar el sueño.
A la mañana siguiente, ella se levantó más sosegada, con la sensata tranquilidad de imaginar encerrado al bicharraco. No obstante, quiso acercarse al terrario para reafirmarse en sus sensaciones. Llegó hasta él, miró hacia el interior y…

Vaya por Dios...
Chulijumi… ya no estaba dentro.

domingo 8 de noviembre de 2009

ESTO LO ESCRIBÍ PARA UN CONCURSO DE RELATITOS NEGROS QUE, POR SUPUESTO, NO GANÉ…HOY: “LEJOS DE ALLÍ”

La sangre sobre la nieve es más roja, pero… ¿es más blanca la nieve sobre la sangre?, reflexionaba distraídamente, mientras daba una última calada a su pitillo. Con la colilla todavía en los labios, agarró la pala con la que minutos antes había asestado el certero golpe mortal, recogió una buena cantidad de nieve, y la descargó sobre el cuerpo inerte. Repitió la acción mecánica e infatigablemente hasta formar un discreto montículo inmaculado. Cuando finalizó, estaba jadeante y sudoroso, pero satisfecho del trabajo realizado. Mientras recuperaba el aliento, escupió la colilla y encendió otro cigarro. Sí, pensó, la nieve no sólo es más blanca sobre la sangre, sino también una muda cómplice. Al menos, hasta el deshielo. Pero era algo que apenas le preocupaba: al fin y al cabo, cuando llegara la primavera, él estaría ya muy lejos de allí.

jueves 5 de noviembre de 2009

¡AYYYY, ESTA MELANCOLÍA OTOÑAL…! HOY: “TARDE DE JUEVES”

Entre la apagada penumbra de una tarde otoñal, tan frágil que parece querer desvanecerse como el humo de un cigarrillo, el último habitante del caserón se dirige lentamente al espacio más oscuro de su cuarto para acomodarse en su butaca preferida, relajar la mente, entrecerrar los ojos, y dejarse llevar por el tiempo.
Es entonces cuando, invocados por un estado casi hipnótico, melodías todavía no compuestas, palabras no inventadas y colores nunca vistos pueblan la habitación y se citan con sus deseos más impronunciables, sus sueños más imposibles y sus pensamientos más ocultos, tanto, que algunos le son incluso unos completos desconocidos.
En esa atmósfera creada por la tenue luz crepuscular, turbadora por resultar tan placentera y seductora, se hace una pregunta sumamente peligrosa: ¿y si en el fondo, el mundo de las fantasías, aunque intangible, es mucho más llevadero y menos doloroso que el de la realidad hecha recuerdos?
Mientras duda en contestar, vuelve a abrir lentamente los ojos y deja volar su mirada más allá de la ventana. Fuera, en la calle, las hojas secas siguen cayendo mansamente de los árboles.

La vida continúa, con o sin respuestas.

martes 3 de noviembre de 2009

PARA QUE VEAIS QUE UNO NO PUEDE ESTAR NUNCA TRANQUILO... HOY: "INESPERADO"

Por primera vez en su vida, al sesudo y viejo profesor le ha ocurrido algo desconcertante...
Esta mañana, al llegar a la universidad, se ha percatado de que carecía de ánimo para llevar a cabo sus quehaceres: la conferencia pendiente ya no era un estímulo para su inquieto cerebro; el ensayo que estaba escribiendo había perdido todo interés; sus adorados libros le parecían insulsos, irreales y vacíos; las hasta entonces enriquecedoras conversaciones con los colegas le aburrían soberanamente…
Por primera vez en su vida, el sesudo y viejo profesor ha enfermado de un mal incurable. Milagrosamente, se había librado hasta ahora, pero al final ha caído, como tantos otros lo hicieron antes que él, y como tantos otros lo harán después. Los síntomas son evidentes: ensimismamiento, mirada perdida, falta de concentración, corazón alterado, pensamientos absurdos, fantasías inconfesables, sueños casi reales, y una eterna media sonrisa en su reflexivo rostro…
Por primera vez en su vida, el sesudo y viejo profesor sólo admite en su cabeza ausente unos ojos que únicamente le miran a él, unos labios nacidos para pronunciar su nombre, una voz concebida para deleitar sus oídos…
Por primera vez en su vida, el sesudo y viejo profesor está enamorado.

viernes 30 de octubre de 2009

VENGA, UN CUENTECITO APROPIADO PARA ESTE FIN DE SEMANA HALLOWEENESCO… HOY: “EL CHISTE”

Ernesto y Alejandro salían del hospital cogidos de la mano. Ernesto había cumplido su sueño de ser padre por segunda vez; Alejandro había visto esfumarse su sueño de ser el eterno rey de la casa. Ernesto se había emocionado con el recién nacido en los brazos; Alejandro se había quedado helado frente a esa cosa pequeñaja, roja y muy llorona. Ernesto estaba pletórico; Alejandro, confundido… El niño sentía la repentina necesidad de llamar la atención de su padre, y ya mismito.
-Papá, papá, escucha, que te voy a contar un chiste muy divertido…
Ernesto echó una tierna mirada a su hijo mayor.
-Cuenta, cuenta, Alejandro, que soy todo oídos.
Ante la reacción de su padre, el niño vio un atisbo de esperanza: quizás no estaba todo perdido y podía recuperar su cariño y mantener su trono. Ni corto ni perezoso, se lanzó entusiasta:
-Pues esto es Jaimito, que le dice su mamá: “Jaimito, voy a salir un momento a comprar. Mientras estoy fuera, deja al bebé en la cuna y pon los macarrones en el horno”… Pues, ¿sabes qué hizo Jaimito?
Ernesto se lo estaba pasando en grande; le llenaba de felicidad ver a su hijo de seis años convertido ya en un hombrecito, y le emocionaba saber que repetiría con el recién nacido la hermosa experiencia vivida con Alejandro.
-No, ¿qué hizo Jaimito? –preguntó con alegre curiosidad.
-¡Pues que se equivocó en todo!
Entonces, Alejandro se echó a reír de manera descontrolada. Su padre pensó que era algo natural: tantas emociones concentradas en un día habían encontrado al fin una válvula de escape.
-¿Que se equivocó en todo, dices?
Sin dejar de reírse a carcajadas, su hijo le explicó:
-¡Sí, sí, en todo! ¡Jaimito puso los macarrones en la cuna, y al bebé lo metió… lo metió en el horno! ¿Has oído, papá? ¡Metió al bebé en el horno! ¿A que es para morirse de risa?
De repente, a Ernesto aquella risa le provocó un escalofrío.

domingo 25 de octubre de 2009

QUE CONSTE QUE ODIO LA PELÍCULA “TITANIC”… HOY: “LA REINA DEL MUNDO”

Hacía meses que la araña paseaba sus estilizadas patitas con total impunidad por aquella estantería abarrotada de libros. Lo que más le gustaba era sortearlos a toda velocidad, detenerse en seco al llegar al borde, mantener el equilibrio, y chillar entusiasta frente a aquel precipicio que se abría ante ella: “¡Soy la reina del mundoooooo!”, emulando al sin par Leonardo Di Caprio de “Titanic”. ¡Ayyy, cuántas veces había visto la araña esa maravillosa película desde un discreto rincón del salón…! No se cansaba de aquellas escenas que la conmovían en lo más profundo de su negro cuerpecillo y, aunque intentaba controlar sus emociones, siempre acababa soltando unas sentidas lagrimillas en homenaje a tantos congéneres desaparecidos en el trágico naufragio.
Así transcurría su vida, hasta que un día tropezó con una novela mal colocada, perdió el equilibrio, y cayó desde la estantería a un vacío sin red, puesto que lo ignoraba todo en relación a la prevención de riesgos laborales. Con lo fácil que habría sido para ella tejer una telaraña si hubiera estado informada…
Bien, la cuestión es que al vacío, lo que se dice al vacío, al final no cayó…Ojalá hubiera sido así…En realidad, fue a parar al interior de un vaso lleno de té helado de jazmín, que reposaba sobre el escritorio.
La última imagen que pasó por el corazón de la pobre araña antes de desaparecer bajo la traidora y aromática bebida, fue la de Leonardo Di Caprio tras el hundimiento del transatlántico, intentando sobrevivir desesperadamente en el mar helado, y pensó que si él, que era el chico de la película, no lo había conseguido, ella lo tenía realmente complicado.

miércoles 21 de octubre de 2009

¿QUÉ CREÉIS QUE ELIGIÓ AL FINAL?... HOY: “POBRENIÑARRICA”

-¿Baño de burbujas, o multijet?
Pobreniñarrica tragó saliva. Lo sabía. Sabía que aquel día iba a resultarle tensamente enmarañado...
Nada más abrir los ojos, ya le asaltó una terrible duda: ¿cómo iría vestida al centro de belleza? ¿De Yves Maintenant, o de Virsace? Por regla general, tenía las ideas muy claras al respecto, pero…a veces, el mundo amanecía más confuso de lo habitual y le nublaba el gusto.
Lo mismo le pasó a la hora del desayuno: ¿yogur desnatado de fresa sin fresas, o barrita de cereales de yogur sin yogur? ¡Ay, qué insoportable angustia existencial! Pobreniñarrica intentaba mantenerse a flote entre aquellas oleadas de desasosiego, pero se sentía zozobrar. Y eso que la muy ilusa ignoraba que lo peor estaba por llegar…
Ya en el centro de belleza, sumergida en gratas aguas esmeraldas de fragancia marina que le iban a procurar esos momentos de relajante serenidad tan necesarios para su alma, la torpe terapeuta tuvo la falta de delicadeza de formularle la pregunta fatal:
-¿Baño de burbujas, o multijet?
Pobreniñarrica intentó mantener la calma pese a estar a punto de sufrir un ataque de ansiedad. ¿Qué hacer? ¿Debía sucumbir al placer de unas pompitas indisciplinadas, o era mejor sentirlas inteligentemente dosificadas por su cuerpo, desde los pies hasta la nuca? ¿Orden… o caos?
Pobreniñarrica deseó con todas sus fuerzas que su psicóloga estuviera junto a ella para aconsejarla. ¿O quizás sería mejor que le ayudara su entrenador personal? ¿O su asesora de imagen?
Si es que...hay días en los que las pobres niñas ricas también lloran.

lunes 19 de octubre de 2009

¿ALGUNO DE VOSOTROS HA TENIDO ALGUNA VEZ UNA SENSACIÓN PARECIDA?...HOY: "RECHAZO"

Si nunca has tenido miedo en el interior de una casa, no podrás comprender la sensación irracional de sentirte observado a lo largo de un pasillo que se hace interminable, ni te sobresaltará el inesperado crujido de un mueble, ni te angustiará el golpe de la puerta aparentemente cerrada por la corriente, ni siquiera tendrás la inquietante sospecha de estar siempre acompañado en soledad…
Pero si alguna vez te has sentido incómodo entre cuatro paredes y no has encontrado una razón, no quieras caer en la cómoda explicación del fenómeno paranormal; no le eches la culpa a invisibles presencias espectrales, ni a fuerzas sobrenaturales venidas del más allá, no, no. La conclusión es muchísimo más sencilla, y por ello muchísimo más desconcertante: simplemente, no eres bienvenido allí, sobras en aquel espacio… Estás de más.
Dicho en otras palabras, a esa casa… no le caes nada bien.

miércoles 14 de octubre de 2009

UN EJEMPLO DE LO IMPORTANTE QUE ES HACERLE CASO A LA VOCACIÓN… HOY: “FUERON FELICES SIN COMER PERDICES”

Hace mucho tiempo, dos pequeños de seis años trabaron amistad junto al remanso de un riachuelo, donde pasaron uno de los mejores atardeceres de sus vidas lanzando piedras al agua...
El primero se preguntaba la razón de las ondas producidas por las piedras al atravesar la superficie líquida; su necesidad por encontrar una respuesta correcta, lógica y precisa le animaba a pensar, reflexionar, analizar y experimentar.
El segundo, en cambio, se ensimismaba con aquellos dibujos concéntricos y un poco hipnóticos, y veía en ellos la entrada secreta a un mundo sumergido, habitado por hadas majestuosas, pícaros duendes y otros seres extraordinarios que sólo él podía ver.
Los dos niños se enfrentaban al mismo fenómeno, pero uno observaba e investigaba, y el otro contemplaba e imaginaba.
Cuarenta años después, un sesudo científico y un poeta soñador se encontraron casualmente en el mismo remanso del mismo riachuelo. Tras lanzar unas cuantas piedras al agua, acabaron por reconocerse, y comprobaron complacidos que el destino les había premiado con el don de ocupar el verdadero lugar que les correspondía en la vida. Y aunque ninguno de los dos no había comido todavía perdices, tal como se suele decir al final de los cuentos… sí habían sido plenamente felices.

sábado 10 de octubre de 2009

¡ANDA, ESTO ES NUEVO! ¡UNA CARTA EN EL BLOG!...HOY: “GEMELOS”

Querido y añorado hermano:
Hace sólo unos minutos que he llegado a casa. Es de noche; la luna llena ha hecho un vano intento por lucir en el cielo nublado y, aunque sólo hace una semana que llegó el otoño, el ambiente es inusitadamente frío. Y yo…yo estoy agotada.
Supongo que hoy se ha confabulado todo un poco para que la melancolía me acabara invadiendo a estas horas. No he tenido un buen día, ¿sabes? No te voy a descubrir nada nuevo de las miserias que se viven bajo el ingrato techo de un hospital. Crees ser inmune al sufrimiento ajeno hasta que acude en tu ayuda un ser débil y vulnerable, cuya vida deja en tus manos... Y así día tras día.
Hoy te he echado mucho de menos. Mientras me acosaban los fantasmas de la responsabilidad, el miedo y la incertidumbre, he recordado nuestra vocación compartida desde la infancia, nuestro sueño común de dedicarnos a la medicina. Qué ironía, ¿verdad? Precisamente el amor a esta profesión nos exigió el sacrifico más grande: la separación.
Pero fíjate, aun tan alejados el uno del otro, tenía la certeza de que hoy estarías conmigo más cerca que nunca; la intuición, o mis sentimientos, o como quieras llamarlo, no me han engañado: esta noche, cuando regresaba a casa abatida y vacía, he encontrado tu carta en el buzón. La he leído, la he releído, y la he vuelto a leer una vez más. Tus benéficas palabras me han reconfortado y de repente, he recuperado esa fuerza interior que siento cuando estamos juntos.
¿Recuerdas nuestra despedida al iniciar tu lejana aventura de ayudar a quienes más lo necesitaban? “Siempre contigo, hermanita, siempre contigo”, me dijiste con una gran sonrisa, una sonrisa sincera y buena, como tú. Yo te respondí con las mismas palabras: “siempre contigo, hermanito, siempre contigo”. Esta noche de luna sin luna has cumplido tu promesa, y tu carta me ha traído un rayo de luz. Por eso, no he podido evitar la tentación de sentarme a responderte de inmediato con otra carta, hermosa tradición mantenida pese a la rapidez comunicativa de las nuevas tecnologías, porque los dos sabemos que el género epistolar transmite ese algo más. Y esta noche quiero transmitirte mi agradecimiento por haber estado siempre ahí, mi orgullo por ser tu hermana, y la certeza de que no sólo compartimos la misma sangre, sino posiblemente parte del alma.
No veo el momento de que finalices tu misión y regreses. Lo sé, allí te necesitan y puedes hacer mucho bien, pero tu hermana, en un rapto egoísta, desearía que ya estuvieras aquí porque te añora terriblemente. Mientras llega el anhelado momento, aquí estaré, recordando y esperando. Gracias por tanto y, ya sabes… siempre contigo.

miércoles 7 de octubre de 2009

¿QUÉ CREÉIS QUE SE PROPONE ESTA MUJER?...HOY: “SERVICIO DE HABITACIONES”

Lo primero que llamó la atención de Dorotea al entrar en la habitación 101 fue una hoja de papel sobre la cama. Echó un distraído vistazo y dio un respingo: era el principio de un relato manuscrito, encabezado con un sorprendente “léalo, por favor. Deme su opinión y dígame si debo continuarlo”.
Aunque tenía muchas habitaciones por limpiar, a Dorotea le resultó imposible desobedecer. Se sentó en la butaca, leyó con detenimiento y, al finalizar, tomó su bolígrafo y apuntó sobre la misma hoja: “Estilo un poco recargado. ¿Por qué no incluye más diálogos? En cambio, la historia tiene interés. Adelante”.
Al día siguiente, encontró en la misma habitación dos hojas sobre la cama: “Gracias por sus sabios consejos”, leyó Dorotea, complacida, “a ver qué le parece ahora”. La mujer se sentó de nuevo y, tras estudiarlo más a fondo, escribió: “Mucho más ágil. La frase del comienzo es memorable. Los personajes quedan bien retratados por sus acciones. Ánimo. No me defraude con el final”.
El tercer día, la camarera entró como un huracán en la habitación 101 y agarró violentamente las cuatro hojas manuscritas que descansaban sobre la cama: “Espero que esté a la altura”, decía una nota en la parte superior, “He hecho lo que he podido. Un cordial saludo, con todo mi agradecimiento”.
La camarera devoró el relato. Cuando acabó, permaneció inmóvil unos minutos, pensativa y con un peculiar brillo en los ojos. Luego, dobló cuidadosamente las hojas, las metió en un bolsillo, y se dedicó a realizar sus quehaceres.