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OS DEJO CON UNOS DESVARÍOS POSTERIORES A UNA RECIENTÍSIMA EXPERIENCIA HOSPITALARIA…HOY: “UNA CAUSA PERDIDA”




La habitación 206 es una prueba de fuego, y nunca mejor dicho. Bien lo pueden confirmar todos los pacientes que allí han estado ingresados a la espera de curarse o de morirse.
Y no sólo ellos: los familiares y amigos que acuden de visita hacen exagerados aspavientos, incluso antes de saludar al convaleciente e interesarse por su estado, debido al excesivo calor que destilan sus cuatro paredes, y tachan enseguida de tormento infernal las condiciones bajo las que sus seres queridos van desgranando los días.
Sólo la cuidadora de uno de los enfermos, mujer de profunda sensibilidad emocional, pasa las solitarias noches tiritando dentro de sus cuatro jerséis, porque desde el hostil sillón en el que le toca velar hasta la salida del sol, siente dentro de aquella habitación cada una de las infinitas capas de espeso sufrimiento acumuladas durante años.
Y ella, que no aprueba las cartas de la injusta baraja del destino, que se rebela contra el dolor propio y ajeno, y que reza inútilmente pidiendo otro mundo mejor, es asaltada a la llegada del alba por la indefectible certeza de haber rogado a una causa perdida. Es entonces cuando abatida y necesitada de huir de aquel gélido pozo, recoge sus enseres y escapa presurosa por los pasillos hacia la salida, con la esperanza de recuperar sobre la superficie de su cotidianeidad la calidez del que todavía siente fluir la vida por sus venas.

¿ME ESTARÁ HACIENDO DELIRAR EL CALOR?...HOY: "YETI"


Una aldea de cuatro casas mal contadas perdida bajo la blancura de un pico adusto, magnífico, marco de incomparable belleza para foráneos curiosos y de extrema hostilidad para escaladores. Un modesto comercio en los bajos de una de las viviendas, donde se despacha un poco de todo para subsistir sin necesidad de desplazarse cada dos por tres al pueblo más cercano entre traidoras curvas heladas. Una paz repentinamente rota por dos tiros procedentes del negocio, secos, clarísimos, inconfundibles, que acaban haciéndose trueno con la complicidad del omnipresente eco. Un joven de mirada alterada escupido por la puerta del establecimiento que cae sobre la nieve al tropezar con su propio miedo. Una pistola abandonada junto a la profunda huella dejada por su pesadilla real. Una posterior carrera torpe, loca, obstaculizada por un campo donde la nieve ha crecido demasiado. Un aullido aterrador que se adueña de todo y luego, de nuevo, la calma, como si la chocante escena no hubiera sucedido jamás. 
Un vecino, alertado por el inusitado escándalo, sale de su hogar y al ver el arma a las puertas de la tienda se sobresalta y entra, no sin recelo. En su oscuro interior pisa sin querer varios objetos desparramados por el suelo y finalmente, un enorme bulto blanquecino y peludo con una mancha roja, como un clavel en el ojal, que destaca funesta entre la penumbra reinante. De pie, pálido e inexpresivo, está el tendero.
-Un policía de la ciudad que había venido de escalada –explica tartamudeando al recién llegado-. Se aterrorizó al verle, se volvió como loco y disparó. Me lo ha matado, Venancio, me lo ha matado.
-Si dices que era policía, volverá –deduce el vecino, sagaz-. Rápido, tenemos que hacerlo desaparecer. Si viene con otros agentes, el secreto estará en peligro.
Ambos hombres arrastran el bulto, que a la luz del día se convierte en un ser gigante de difícil identificación, hasta la parte trasera de la casa y allí, a golpes de pala, lo cubren de nieve, dejando de él sólo un inocente montículo. 
-Pobre, acabar así, con lo bueno que era…-se lamenta el tendero, con lágrimas en los ojos.
-Al menos le has ayudado a que su especie siga a salvo –le anima su vecino.
Los dos permanecen con la vista sobre su obra, en silencio, agradeciendo que el deshielo todavía quede lejos.

ESTAMOS DE CUARTO CRECIENTE Y LA LUNA LLENA YA NOS ACECHA... HOY: "DÉJÀ VU"


-¿Diga?
-Hola.
-¿Quién es?
-Eso no importa. Sólo sé que necesito hablar con alguien.
-Pero… ¿nos conocemos?
-¿Qué más da? Esta tarde siento que algo importante y terrible me abruma. El crepúsculo tormentoso me aprisiona, y sólo deseo que el insolente relámpago estalle por mí en el cielo morado, que el ensordecedor trueno grite por mí en la ciudad negra, que la balsámica lluvia llore por mí sobre las hojas secas. Esta tarde tan oscura, tan misteriosa y rígida, tan espesa como una traidora niebla, implora una tormenta tanto como mi corazón.
-¿Pero qué le pasa? ¿No se encuentra usted bien?
-No… no me encuentro bien. Esta tarde he perdido la brújula que me señalaba el camino. Y me horroriza pensar que los nubarrones me impedirán que por la noche me guíen las estrellas. Soy incapaz de reaccionar ante el vacío que de repente he descubierto a mi alrededor. Y me aferro desesperadamente a esa tormenta que ha merodeado por la ciudad durante horas, sin atreverse a entrar en escena.
-¿…Me permite que le diga algo?
-¿De qué servirá?
-Escúcheme, por favor. No tiene nada que perder… Habla usted de manera maravillosa: no dice, sino que sugiere; ilumina el decorado, sin necesidad de luz; riega las palabras de belleza, aunque sea una belleza melancólica… No sé cómo lo hace, pero cuando habla, dejar ver el sol detrás de una nube. Le felicito.
-¿…De veras lo cree así?
-Se lo digo de todo corazón.
-Gracias, mil gracias. Ya me encuentro mucho mejor. Me siento con fuerzas para afrontar la noche. ¿Qué habría sido de mí sin usted?
-No tiene ninguna importancia. Cuídese, Artemio.
-Señorita Marcela, es usted la mejor psicóloga.
-Y usted mi paciente más amable.
-Buenas noches, señorita Marcela.
-Hasta la próxima luna llena, Artemio.

DECIDME, ¿QUIÉN DE VOSOTROS QUIERE VIVIR PARA SIEMPRE?...HOY: "INMORTAL"

“El calor es mal compañero de trabajo”, se lamentó el albañil, mientras sacaba un enorme pañuelo arrugado de un polvoriento bolsillo y se lo pasaba por la frente tras pasar casi toda la jornada a cuatro patas, alisando a conciencia una amplia superficie de cemento fresco. Finalmente, pudo erguirse y observó la obra finalizada. Su esqueleto agarrotado reconoció que había valido la pena el sacrificio: había convertido una plomiza y deforme masa en un extraordinario espejo sin reflejo. El albañil se sentía incluso un poco mago.
Separó, no sin cierta dificultad, la vista de su creación y echó una ojeada curiosa al parque que le rodeaba: un niño muy pequeño, quizás futuro albañil, jugaba con cubo y pala bajo la atenta mirada de su mamá. Más allá, dos jovencitas paseaban y se susurraban confidencias al oído. En un banco cercano, un anciano muy anciano, con los ojos cerrados y la boca semiabierta, se había dejado vencer por el sopor estival…El albañil pensó con tristeza que nadie, absolutamente nadie, se detendría a admirar ese nublado mar en calma que había brotado de sus esforzadas manos.
Resignado, recogió utensilios y herramientas varias y se alejó, con la intención de seguir sudando en casa bajo la seductora compañía de una comprensiva cerveza.
Una vez la figura del albañil sólo fue un recuerdo en el parque, el anciano muy anciano abrió los ojos. Se levantó con toda la rapidez que su colección de achaques le permitió y se aproximó a aquella tentadora pista de patinaje gris, todavía fresca. La contempló lujuriosamente, saboreando el excitante momento previo a una travesura. Cuando las rodillas le dieron permiso para agacharse, las dos manos ejercieron una fuerte presión sobre el impoluto cemento…
¿El resultado? Un par de profundas huellas imperecederas.
Después se levantó, se limpió sus mortales manos con la sección de política de un periódico gratuito y se dio media vuelta, sintiéndose una feliz estrella del firmamento de Hollywood.

ME PREGUNTO SI CONOCEMOS REALMENTE A QUIENES TENEMOS AL LADO...HOY: "ENSALADILLA RUSA"


Milagros, señora de Juan Pablo, acaba de meterse por primera vez entre pecho y espalda un vaso de vodka. De un solo trago.
Su marido siempre se lo había desaconsejado: “Es demasiado fuerrrrrte parrrrra ti, querrrrida”, le repetía siempre arrastrando las erres, consecuencia según él de un problema mecánico que le impedía una posición lingual correcta a la hora de pronunciar. Y ella, encantada con ese peculiar acento que hacía parecer extranjero a un madrileño de pura cepa, asentía, se reía y le daba un beso.
A Milagros le da tos y se le saltan las lágrimas, pero sabe que la última reacción no se debe a la quemazón del alcohol arrasando todo lo que encuentra a su paso. No, las lágrimas son producto del orgullo herido.
Hacía tiempo que ciertos indicios significativos la hacían sospechar de que su santo esposo era más esposo que santo: llamadas repentinas a horas intempestivas, viajes inesperados… Juan Pablo siempre intentaba tranquilizarla justificando su actitud: “La crrrrrrisis golpea a las emprrrrrrrresas, y yo soy una especie de bomberrrrro de los negocios, prrrrreparrrrrado parrrrrrrra cualquierrrr emerrrrrgencia”. Y ella callaba, pero sin llegar a estar plenamente convencida de sus explicaciones.
Milagros deja el vaso sobre la mesita y vuelve a leer la cartulina plastificada encontrada hace unos minutos en el suelo del dormitorio. Por la información de la tarjeta, su marido se llama en realidad Ivan Pávlov, de madrileño no tiene un pelo, y trabaja para el Servicio Secreto Ruso. La verdad, habría preferido dar con una carta de amor extramatrimonial.
El reloj de cuco la saca de su ensimismamiento: son las ocho, hora de la cena. Ella no probará bocado porque le duele demasiado el estómago, pero irá a la cocina y como cada noche, empezará a preparar una ensaladilla rusa, plato que a Juan Pablo, o como quiera que se llame, le encanta.

HE AQUÍ UNA CURIOSA MANERA DE ECHAR UNA MANO...HOY: "PÁNICO ESCÉNICO"


Simonetta Rescoldi no podía salir a cantar. Por más que había ensayado la ópera mil millones de veces y sabía su hermosísima y potente voz en perfectas condiciones, permanecía petrificada tras el telón como una trémula estatua de aliento entrecortado ante el intenso fragor de los aplausos previos al inicio de la obra.
Mientras su compañero aparecía frente a los espectadores con aplomo y daba inicio a una brillante interpretación, Simonetta temía el paso del tiempo que la acercaba inexorablemente a la abismal negrura del escenario. Se veía a sí misma desnuda, vulnerable delante de desconocidos hostiles dispuestos a evaluar una voz repentinamente hecha cenizas, y sólo deseaba echar a correr y huir de su propia angustia para evitar mostrar un miedo capaz de hundir su fulgurante carrera.
Pero de improviso, en medio del nervioso ir y venir de los empleados del teatro que entre bambalinas daban vida al espectáculo, Simonetta avistó una conocida cabeza de pelo grisáceo perteneciente a la única persona que podía ayudarla. Por fin su psicoanalista había llegado.
Como siempre le sucedía al ver a aquel hombre de rostro plácido y tranquilizador, Simonetta empezó a respirar acompasadamente, ya con la certeza de poder depositar todo su fúnebre pánico en las manos de aquel mago para que lo transformara en energía positiva.
El hombre se aproximó a la diva y la contempló con una media sonrisa.
-Lo de siempre, ¿verdad? –preguntó con dulzura.
Simonetta asintió con los ojos húmedos.
El doctor le puso una comprensiva mano en el hombro.
-No se preocupe –le dijo casi en un susurro-. Aplicaremos la terapia de choque, ¿de acuerdo?
La artista volvió a mover la cabeza en señal afirmativa.
-Yo le diré cuándo –puntualizó Simonetta, y añadió emocionada-. Gracias.
El psicoanalista le guiñó un ojo en señal cómplice y esperó junto a ella el momento preciso para actuar.
Casi cuatro minutos después, Simonetta inició unas lentas inspiraciones y exclamó:
-¡Ahora!
De inmediato, el psicoanalista dio un brusco empujón a la diva para que entrara en el escenario sin tener en cuenta esa imaginaria línea divisoria que separa el miedo del valor. Como en otras ocasiones, Simonetta Rescoldi reaccionó, dejó atrás angustias atenazadoras y dejó fluir su interpretación con la genialidad que la caracterizaba.
Y mientras el psicoanalista se deleitaba con la magnética belleza de su voz, pensaba en cuántas personas pierden la oportunidad de mostrar al mundo su valía al no ser capaces de dar el paso definitivo por sí mismos o al no tener al lado la mano amiga que le dé ese a veces tan necesario empujón.
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