La habitación 206 es una prueba
de fuego, y nunca mejor dicho. Bien lo pueden confirmar todos los pacientes que
allí han estado ingresados a la espera de curarse o de morirse.
Y no sólo ellos: los familiares y amigos que acuden de visita hacen exagerados aspavientos, incluso antes de saludar al convaleciente e interesarse por su estado, debido al excesivo calor que destilan sus cuatro paredes, y tachan enseguida de tormento infernal las condiciones bajo las que sus seres queridos van desgranando los días.
Sólo la cuidadora de uno de los enfermos, mujer de profunda sensibilidad emocional, pasa las solitarias noches tiritando dentro de sus cuatro jerséis, porque desde el hostil sillón en el que le toca velar hasta la salida del sol, siente dentro de aquella habitación cada una de las infinitas capas de espeso sufrimiento acumuladas durante años.
Y ella, que no aprueba las cartas de la injusta baraja del destino, que se rebela contra el dolor propio y ajeno, y que reza inútilmente pidiendo otro mundo mejor, es asaltada a la llegada del alba por la indefectible certeza de haber rogado a una causa perdida. Es entonces cuando abatida y necesitada de huir de aquel gélido pozo, recoge sus enseres y escapa presurosa por los pasillos hacia la salida, con la esperanza de recuperar sobre la superficie de su cotidianeidad la calidez del que todavía siente fluir la vida por sus venas.
Y no sólo ellos: los familiares y amigos que acuden de visita hacen exagerados aspavientos, incluso antes de saludar al convaleciente e interesarse por su estado, debido al excesivo calor que destilan sus cuatro paredes, y tachan enseguida de tormento infernal las condiciones bajo las que sus seres queridos van desgranando los días.
Sólo la cuidadora de uno de los enfermos, mujer de profunda sensibilidad emocional, pasa las solitarias noches tiritando dentro de sus cuatro jerséis, porque desde el hostil sillón en el que le toca velar hasta la salida del sol, siente dentro de aquella habitación cada una de las infinitas capas de espeso sufrimiento acumuladas durante años.
Y ella, que no aprueba las cartas de la injusta baraja del destino, que se rebela contra el dolor propio y ajeno, y que reza inútilmente pidiendo otro mundo mejor, es asaltada a la llegada del alba por la indefectible certeza de haber rogado a una causa perdida. Es entonces cuando abatida y necesitada de huir de aquel gélido pozo, recoge sus enseres y escapa presurosa por los pasillos hacia la salida, con la esperanza de recuperar sobre la superficie de su cotidianeidad la calidez del que todavía siente fluir la vida por sus venas.



