Viene disfrazado de lejano fantasma, envuelto en una neblinosa sábana. Avanza lenta pero inexorablemente desde lo más profundo del horizonte marino hacia tierra firme, mientras el viento se crece, bravucón. Llega un momento en que su despiadada espesura devora la línea divisoria entre el cielo y el mar.
De repente, un relámpago ilumina una naturaleza ya en blanco y negro, y la violenta cortina de agua ametralla el suelo.
Se diría que esta vez sí, ha llegado el fin del mundo.
Pero la ofensiva es breve. Una fuerte ráfaga empuja la lluvia torrencial
tierra adentro y el bosque recupera poco a poco la paz.

