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ACCIDENTADA ENTREVISTA CON JOHN HALL, EL PROTAGONISTA DE MI NOVELA "SÉ TÚ MISMO, AUNQUE SEAS UN GILIPOLLAS"




...Y como estamos en época de rebajas, además de la entrevista al gurú empresarial John Hall os dejo un relato protagonizado por un ejecutivo agresivo muy peculiar...Hoy: "Su ojito derecho"

Morgan Macquarrie se ganó el sobrenombre de “el corsario de Wall Street” el primer día de trabajo en la multinacional “Hopkins & Hopkins”. Y no fue por su mirada de sable, ni por arrastrar como una pata de palo su mala fama a lo largo y ancho del proceloso mar de los negocios, ni siquiera por el aspecto de loro de su secretaria. Fue otra peculiaridad la que hizo al alto ejecutivo merecedor de tal apelativo: el sorprendente parche que lucía con orgullo en el ojo izquierdo.
Los colegas de “Hopkins & Hopkins” se morían de curiosidad por conocer la historia que anidaba tras aquella oscura incógnita: ¿Una turbulenta infancia en el Bronx? ¿Las afiladas uñas de una amante despechada? ¿La represalia de un rival? ¿Un estúpido accidente? Como todos especulaban, nadie preguntaba y Macquarrie callaba, el misterio reinaba a su alrededor.
Así es como nacen las leyendas.
Su vida profesional en “Hopkins & Hopkins” navegaba viento en popa hasta que un torpe descuido le hizo zozobrar…
Una mañana, Macquarrie acudió a su despacho más tarde de lo habitual; una cena de negocios con el posterior descenso a los infiernos más refinados de la ciudad había sido la culpable. No obstante, no quedaba huella alguna de los excesos cometidos: su aspecto era impecable, como siempre. Sólo su secretaria, loro sagaz, se percató de un detalle fuera de lo normal y así se lo hizo saber nada más verle aparecer.
-Sr. Macquarrie, hoy lleva puesto el parche… en el ojo derecho.

SEÑOR BLOG, HOY ES 1 DE SEPTIEMBRE… ¡SE TE ACABARON LAS VACACIONES! ¡VENGA, A TRABAJAR! HOY…“SIETE LETRAS”


El paciente entra y se sienta frente a un médico sumamente concentrado en un papel; por los cuadritos blancos y negros del documento, se diría que es un crucigrama.
El paciente se impacienta.
-Doctor, doctor, tengo una extraña sensación…
-Le recetaré un antidepresivo…-le comunica, sin mirarle.
-Es que…yo… tengo la certeza de estar vivo en el mundo real.
Por primera vez, el médico despega los ojos de la mesa y observa al paciente con curioso desdén.
-Le felicito; muchos no pueden afirmarlo con tanta seguridad como usted. ¿Cuál es el problema, entonces?
-…Pues que…mucho me temo que no existo en el ciberespacio.
-¿Qué quiere decir, exactamente?
-Nada, que me registré en facebook y sólo tengo cinco amigos.
El médico abre mucho unos ojos alarmados.
-¿Pero qué me está diciendo, buen hombre? ¿Sólo cinco amigos? ¡Si en facebook hasta el más desgraciado de los mortales encuentra gente conocida, no sé, antiguos compañeros de clase, vecinos, hasta enemigos de la infancia…!
El paciente suspira.
-Pues ya ve… La típica frase de “puedo contar a mis amigos con los dedos de una mano” se ha hecho una triste realidad en mi caso.
El médico se pone filosófico.
-…La realidad, señor mío, no existe en el ciberespacio…
-Eso lo dirá usted porque debe de tener más contactos que yo en facebook.
La voz del galeno brilla de satisfacción cuando responde:
-Bueno, no es por presumir, pero sí, 365, para ser exactos; uno para cada día del año.
-¿Lo ve, doctor? Virtualmente soy un don nadie.
-Su caso es preocupante, no le voy a engañar, pero no incurable... ¿Sabe? Existe una nueva red social, “Anónimos anónimos”… ¿No se anonima, digo, anima? Allí incluso está mal visto tener amigos…
-¿Y de qué sirve estar registrado allí, si no puedo contactar con otras personas?
El médico le regala una sonrisa de bonachona superioridad.
-¿Y para qué quiere comunicarse con los miembros de “Anónimos anónimos”? Allí sólo encontrará misántropos, ciberbasura…Usted se registra, y punto.
El paciente tira la toalla.
-Doctor…
-Dígame…
-¿Qué me decía al entrar, sobre unos antidepresivos?
Un antipático dedo le señala con gesto vencedor.
-¡Ajajá! ¿Lo ve, como tenía razón desde el principio?
-Y ya que estamos, deme también algo para la migraña.
De repente, el médico salta de su asiento, triunfal.
-¡“Migraña”, claro! ¡Era “migraña”! ¿Cómo no se me había ocurrido antes? Cuatro horizontal: “dolor de cabeza muy intenso, de siete letras”.
El paciente le observa perplejo, pero en el fondo le admira un poquito.
-Qué ojo clínico tiene, doctor, qué ojo clínico…

SI TENÉIS TIEMPO, LEEDLO CON CALMA, PERO SI TENÉIS PRISA, ESCUCHADLO, QUE VOY A100 POR HORA...HOY: "SEÑORIAL Y SILENCIOSA"

 
Tú viviste al lado de una casa abandonada, ¿recuerdas?, una mansión señorial y silenciosa… ¡Cuántas veces nos colamos en su jardín…! Dentro de aquella especie de jungla, los niños solíamos meternos en la piel de todos nuestros héroes con mucha más convicción que cuando jugábamos en un piso… 
Tú no habrías salido jamás de aquel rincón descuidado y fascinante; yo, en cambio, deseaba por encima de cualquier otra cosa entrar dentro de su maltrecho interior para poder tocar la soledad… 
Hace años que desapareció la edificación, su pequeña selva, y también nuestra infancia. La confusa y contradictoria edad adulta te acabó conduciendo por otros jardines menos mágicos, y a mí… a mí me enseñó a tocar la propia soledad sin necesidad de entrar en lugares abandonados.

INCLUSO EN TIEMPOS DIFÍCILES VALE LA PENA ESCUCHAR A LA PROPIA VOCACIÓN...HOY: "FUERON FELICES SIN COMER PERDICES"


Hace mucho tiempo, dos pequeños de seis años trabaron amistad junto al remanso de un riachuelo, donde pasaron uno de los mejores atardeceres de sus vidas lanzando piedras al agua...
El primero se preguntaba la razón de las ondas producidas por las piedras al atravesar la superficie líquida; su necesidad por encontrar una respuesta correcta, lógica y precisa le animaba a pensar, reflexionar, analizar y experimentar.
El segundo, en cambio, se ensimismaba con aquellos dibujos concéntricos y un poco hipnóticos, y veía en ellos la entrada secreta a un mundo sumergido, habitado por hadas majestuosas, pícaros duendes y otros seres extraordinarios que sólo él podía ver.
Los dos niños se enfrentaban al mismo fenómeno, pero uno observaba e investigaba, y el otro contemplaba e imaginaba.
Cuarenta años después, un sesudo científico y un poeta soñador se encontraron casualmente en el mismo remanso del mismo riachuelo. Tras lanzar unas cuantas piedras al agua, acabaron por reconocerse y comprobaron complacidos que el destino les había premiado con el don de ocupar el verdadero lugar que les correspondía en la vida. Y aunque ninguno de los dos había comido todavía perdices, tal como se suele decir al final de los cuentos… sí habían sido plenamente felices.

(publicado en la antología "Cuentos alígeros", de editorial Hipálage)
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