Velia
vive una existencia plácida, firme y equilibrada, bastante cercana a lo que
para ella es la felicidad.
Sin
embargo, algunas tardes lánguidas en las que deambula por su ciudad secreta,
una presencia intangible viene a su encuentro.
Se le aparece con la atmósfera
agónica, el tiempo silencioso, el sol mortecino y los tonos ocres de final de una
etapa, y no deja de enviarle caprichosas señales al enredársele en la melena y
susurrarle suaves ecos que ella, sumida en un mundo que habla otro idioma,
todavía no acierta a comprender…
De repente, cuando está a punto de convertir esa
percepción en realidad, se le escapa sin tiempo de haberla reconocido, y queda
sola frente a una sacudida interior irracional, rebelde y liberadora que le
confirma que la vida es… algo más.