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HE AQUÍ UN SERVICIO DE HABITACIONES MUY ESPECIAL...HOY: "DOROTEA"


Lo primero que llamó la atención de Dorotea al entrar en la habitación 101 fue una hoja de papel sobre la cama. La agarró, le echó un distraído vistazo y dio un respingo: era el principio de un relato manuscrito, encabezado con un sorprendente “Léalo, por favor. Deme su opinión y dígame si debo continuarlo”. 
Aunque aún tenía muchas habitaciones por limpiar, a Dorotea le resultó imposible desobedecer. Se sentó en la butaca, leyó con detenimiento y al finalizar tomó su bolígrafo y apuntó sobre la misma hoja: “Estilo un poco recargado. ¿Por qué no incluye más diálogos? En cambio, la historia engancha. Adelante”.
Al día siguiente, encontró en la misma habitación dos hojas sobre la cama: “Gracias por sus sabios consejos”, leyó Dorotea, complacida, “a ver qué le parece ahora”. La mujer se sentó de nuevo y tras estudiarlo más a fondo, escribió: “Mucho más ágil. La frase del comienzo, memorable. Los personajes quedan bien retratados por sus acciones. Ánimo. No me defraude con el final”.
El tercer día, la camarera entró como un huracán en la habitación 101 y se apoderó violentamente de las cuatro hojas que descansaban sobre la cama: “Espero que esté a la altura”, decía una nota en la parte superior, “he hecho lo que he podido. Un cordial saludo, con todo mi agradecimiento”.
La camarera devoró el relato, presa del entusiasmo. Cuando acabó, permaneció pensativa unos minutos con un peculiar brillo en los ojos. Luego dobló cuidadosamente las hojas, las metió en un bolsillo, y salió de la habitación, no sin antes haber realizado todos sus quehaceres.

EL DÍA DE LOS ENAMORADOS BIEN SE MERECE UN RELATO MÁS LARGO… HOY: “14 DE FEBRERO”


El carnicero agarró el lomo de cerdo y lo colocó sobre la máquina, ya en marcha. Pasó entonces la pieza de carne por el afiladísimo disco y la fue cortando en finas láminas.
-¿Le va bien así? –preguntó.
La señora Dorotea observó el resultado con lupa y dejó escapar una emocionada sonrisa de satisfacción.
-Excelente.
El carnicero asintió, agradecido. Hizo entonces un cuidadoso paquetito y se lo entregó.
-Hoy ha preferido el lomo a la ternera –dijo, por hacer un comentario mientras su clienta abonaba la cuenta.
-Es por variar –respondió, con aire beatífico.
La señora Dorotea cogió con orgullo su paquetito y regresó a casa a pie, pensando en la ilusión de Teo al degustar una carne diferente en un día tan especial. Al fin y al cabo, las latas eran muy completas, ricas en proteínas y vitaminas y todas esas cosas, pero no se podían comparar a una carne recién comprada.
El día era espléndido y daba gusto pasear. “Qué lástima que Teo no pueda salir con este solete”, lamentó la mujer, “por eso el pobre se merece hoy la más deliciosa de las comidas”.
Al llegar al caserón, no pudo evitar lanzarle una melancólica mirada. “Tú y yo hemos vivido tiempos mejores, ¿verdad?”, le dijo en un suspiro a la descuidada fachada, “qué diferencia de la lozanía de hace años, cuando ni a ti ni a mí pensaban en abandonarnos”.
Ya en el interior, se dirigió a la cocina con gesto impaciente. “No puedo esperar a la hora de comer para enseñárselo a Teo”, se repetía, presa de la excitación. Cogió un plato desconchado que años atrás había tenido el honor de presidir alegres banquetes y se adentró por un oscuro pasillo que parecía no tener fin.
Se detuvo frente a una puertecita con cinco cerraduras, dispuestas una debajo de otra. Dejó carne y plato sobre una discreta cómoda y de uno de sus cajones sacó un juego de llaves. Con la placentera paciencia del que realiza un ritual cotidiano, fue abriendo una cerradura tras otra, hasta poder acceder al interior débilmente iluminado por una bombilla. La señora Dorotea recogió entonces el plato y la carne y empezó a descender con sumo cuidado por una empinada escalera que parecía conducir al centro de la tierra. Por nada del mundo se perdonaría si cayera y se lastimase… ¿Quién cuidaría entonces de su amado Teo?
Para su tranquilidad, no sufrió percance alguno y llegó sin problemas a una especie de húmeda cueva divida en cubículos. De algún lugar del sótano le llegó un entrechocar de cadenas. La mujer sonrió en la negrura del lugar: Teo la había reconocido.
-Ya voy, mi amor, ya voy, no te pongas nervioso –exclamó, mimosa.
Mientras caminaba, lamentó que Teo no pudiera hablar. Cómo echaba de menos sus conversaciones llenas de ingenio y de estímulos intelectuales, expresadas con una voz cálida y varonil que enloquecía a todas esas guarras que se decían sus amigas... 
Aún recordaba la última frase pronunciada por él: “No digas bobadas; eso es un estúpido libelo, querida”.
¿Por qué no confesó su traidora verdad? A pesar del amor que le profesaba, la señora Dorotea no tuvo más remedio que castigarle para que no le mintiera nunca más. Pero en aquellos momentos, cegada por los celos y la venganza, no cayó en la cuenta de que su cruento castigo era irreversible. A veces pensaba incluso que se había excedido.
Encendió otra bombilla. En un rincón había un aparato de música. La mujer puso en marcha el lector de discos, y una vieja balada empezó a revolotear por el siniestro ambiente.
-¿La reconoces, querido? Es nuestra canción.
Se oyó un nuevo entrechocar de cadenas. La mujer, incapaz de contener más su entusiasmo, se dirigió al origen del ruido. Allí, apenas iluminado, yacía un hombre calvo, con una larga barba canosa y unas gafas con cristales rotos, encogido sobre sí mismo en sus sucios harapos. La mujer se detuvo frente a él:
-¿Qué tal estás hoy, mi amor? ¿Quieres ya el orinal o puedes esperar? ¡Es que tengo tantas ganas de darte mi regalo…!
El hombre la miró bajo sus gafas rotas, aparentemente sin sentimiento alguno, y emitió un leve gruñido.
-No, nada de molestias… ¡Pero si ha sido un placer! Venga, no te voy a hacer esperar más.
La señora Dorotea desempaquetó la carne, la depositó con mimo sobre el plato y lo dejó en el suelo, al lado del hombre, que volvió a lanzarle una mirada indeterminada.
-Efectivamente, querido, lomo, bien finito, como a ti te gustaba, y crudo, para que te alimente mejor… ¡Hoy te libras de la comida para perros! Con mis mejores deseos de poder celebrar este día junto a ti durante muchísimos años, los dos solitos y juntitos, sin que ninguna cerda se vuelva a entrometer nunca más en nuestras vidas y te incite a abandonarme. Feliz 14 de febrero, mi amor.

NO ME GUSTA EMPEZAR LA SEMANA TAN NEGATIVA, PERO EN FIN… ALLÁ VA UNA HISTORIA PARA LA QUE NO HE PODIDO ENCONTRAR TÍTULO.

Sentada sobre una enorme piedra atravesada en la plaza del pueblo, Celia ve pasar la vida y la muerte.
El día es claro, muy claro. Los densos nubarrones que cubren el cielo dan al ambiente una nitidez irreal. El decorado desolador, la lentitud con la que transcurren los acontecimientos, todo adquiere relieve y queda envuelto en una luminosa atrocidad.
Cada escena que traspasa los ojos de cristal gastado de Celia se convierte en una imagen en blanco y negro. Esta involuntaria transformación corroe perversamente el poco valor que le queda para seguir contemplando la devastación reinante:
Oscuras sombras afligidas de lo que fueron mujeres arrastran los pies con pesada tristeza, sintiéndose culpables por saberse supervivientes… A su alrededor, niños andrajosos y polvorientos pasean su desconcierto por la plaza y las calles adyacentes. Sólo dos pequeñas, que parecen hechas de alambre, lo observan todo entre distraídas y curiosas, a través de sus enormes ojos infantiles; subidas sobre una riada de cascotes, como victoriosas escaladoras, señalan con un dedo fascinado la fachada de una casa maltrecha. Detrás de sus ventanas y balcones, sólo las magníficas montañas y el cielo de un gris plomizo. Las niñas sonríen, divertidas ante lo que ellas creen que es magia.
No muy lejos, un perro aúlla frente a una puerta que ya no conduce a ninguna parte. El mejor amigo del hombre espera fielmente, seguro de la presencia de sus amos en casa; aturdido, no logra comprender por qué no le dejan entrar. El temor se va apoderando de él a medida que intuye la respuesta, sepultada bajo los escombros.
En un extremo de la plaza, dos ancianos confusos y pasivos desmenuzan el tiempo, sentados sobre lo que fue una mesa. No tienen nada que decirse. Uno de ellos lleva la cabeza vendada con un trapo, y se pregunta con pesar por qué la herida no le ha dejado ciego. En sus camisas, como funestas condecoraciones, lucen manchas de sangre seca. Las que han quedado pegadas en el interior de sus perplejos corazones, esas serán imborrables.
Celia observa; observa y calla.
Ella, la parlanchina, alegre, risueña Celia, ha agotado los motivos para hablar y sonreír. También ella se ha convertido en una oscura sombra afligida. Ya no tiene marido, ya no tiene hijo, ya no tiene casa, ya no tiene vecinos, apenas le queda esperanza, y ha perdido casi todas sus fuerzas.
Todavía no logra explicarse por qué, lo que días antes había sido un pueblo como tantos otros, se ha sumado a la ensangrentada lista de víctimas de una estúpida guerra.

EMPECEMOS LA SEMANA CON UNA HISTORIA UN POCO MÁS LARGA… HOY: “MISAKO”

7 de la mañana. Me levanto en silencio para no despertar a mi mujer, plácidamente acurrucada en su inicio de vacaciones. Me aseo, tomo un café, y pongo los pies en el nuevo día.
Al llegar a la oficina, Monchi, la empalagosa recepcionista, ya se ha leído toda la prensa gratuita; como siempre, comenta la noticia más destacada, sin preguntar a los demás si les apetece escucharla.
-¡Buenos, días, buenos días, buenos días! –saluda, con su peculiar timbre de voz - ¿A que no sabías que hoy hace años de las bombas atómicas?
De repente, al oír “años” y “bombas atómicas”, siento una letal explosión interior, una radiactiva sacudida en mi esqueleto, un disparo nuclear entre ceja y ceja, una patada devastadora en la parte más baja y delicada del abdomen masculino: ¡Es 6 de agosto, mi aniversario de boda, y no le he comprado nada a mi mujer!
Se lo comento angustiado a Monchi, porque necesito desahogarme con alguien; ella parece encantada ante el poder que le otorga esta confidencia.
-¡Pues regálale un bolso japonés! –me sugiere, con expresión entre triunfal y enigmática.
-¿Un qué? –pregunto, un poco mareado. El café del desayuno no me ha sentado bien.
Su timbre de voz, cada vez más parecido a un timbre que a una voz, aguijonea mis oídos con explicaciones.
-Sí, hombre, es un invento muy guay: coges un cuadrado amplio de una tela un poco recia, con un estampado chulo; le haces cuatro dobleces por el sitio adecuado, le das la vuelta… ¡y ya tienes un bolso!
Pienso por un momento que sería imposible encontrar a una recepcionista más idiota.
-Monchi, no me tomes el pelo, anda.
Ahora su cara, paleta de pintor, refleja una ofendida superioridad.
-Que no, que va en serio… No será un Louis Vuitton, pero queda muy original. Y tirado de precio. Además, homenajearás en cierta forma a Hiroshima y Nagasaki…
Según su conclusión, doy gracias de que mi aniversario no coincida con la celebración del Día Internacional de la lepra… ¿Qué regalo me propondría?
La cuestión es que Monchi, ya totalmente implicada -¿o entrometida?- en el asunto, se ofrece a acompañarme para sugerir tamaño y color de la tela. Como la desesperación es un sentimiento difícil de gobernar, acepto.
A la hora de comer nos acercamos a un almacén de tejidos. Ella elige una pieza floreada. Dice que es ideal. Antes de envolverla para regalo, me enseña el truco para hacer de la tela un bolso de bien. Monchi, aprendiza de David Copperfield, la transforma en cuestión de segundos. Yo tomo nota mentalmente, pruebo y, al noveno intento, lo consigo. Al final, me veo obligado a darle las gracias. La verdad, no sé qué habría hecho sin su ayuda.
Cuando llego a casa, y sin ni siquiera saludar a mi mujer, le entrego el paquetito con orgullo.
-¡Oh, te has acordado! –me dice, mimosa-¡Eres un cielo!
-Venga, ábrelo… ¿No tienes curiosidad?
Su cara destila desconcierto al ver el regalo. Perfecto, justo lo que quería.
-Oh, parece… un… un enorme trapo de cocina -acierta a decir.
Aprovecho para cogerle el bolso en potencia; mi momento de gloria ha llegado.
-Eso es lo que tú te crees… Esta bonita tela se va a convertir en un práctico y original bolso japonés! Déjame a mí, déjame, y verás lo que hago… ¡Te vas a quedar boquiabierta!
Sigo –o creo que sigo- todas, absolutamente todas las indicaciones de la estúpida Monchi: que si cojo las esquinas por aquí, que si ahora doblo por allá… Y cuando ya creo haber acabado, hago entrega de la metamorfosis a mi mujer, con la esperanza de que ella sepa cómo llevarlo.
-¿Es una broma, querido? –pregunta, con cierto sarcasmo- ¿Pero no ves que esto no tiene pinta de bolso ni por casualidad? ¿Es que no ves que esto es… un barco gigante?


OH, VAYA, EMPEZAMOS LA SEMANA CON UNA RELIQUIA ESCRITA HACE ALREDEDOR DE VEINTE AÑOS…

Señoras con perlas hasta en el paladar, y perlas revueltas con arrugas. Larguísimos abrigos de piel con treinta grados a la sombra. Guardias que intentan dirigir el tráfico sin batuta. Un señor de color (de color negro) con bufandita blanca, charla amigablemente con tres señoras. Cochazos negros recién lavados, de donde salen unos seres resecos con serias dificultades para aguantar bolso y bastón. Chóferes con expresión pétrea que no saben qué hacer con el coche, y miran con envidia a los que llegan en metro... que discreta y tímidamente doblan la esquina para entrar por la puerta del callejón, porque han comprado una entrada más barata y no llevan perlas entre las arrugas (incluso los hay que ni siquiera tienen arrugas).
Para los no arrugados sin artrosis en las rodillas, existen unas hermosas escaleras hasta el quinto piso, con descanso en el tercero para registro de bolsos (“No, señor policía, la bomba me la he dejado en casa, y la navaja está oxidada, como puede ver... y ahora que se ha demostrado que no soy un peligro público y que me ha hecho pasar la vergüenza de sacar todas las bolsas vacías de “Conguitos” que llevaba en el bolso...¿puedo seguir subiendo hasta el quinto piso? Dios se lo pague”).
Para víctimas de gota, ancianos de la cuarta edad, asmáticos, corazones débiles, y curiosos sin prisas, hay una cola, y después de la cola un ascensor, con su conductor y todo. Por la carga de ancianos que suele llevar bien podría tratarse de un ascensor hacia el cielo, pero no, porque sólo llega al quinto piso; y allí, los curiosos sin prisas que no han sido atropellados antes en cada parada del ascensor por las víctimas de gota, ancianos de la cuarta edad, asmáticos y corazones débiles (con bastón), pueden admirar desde sus asientos una hermosa panorámica de otras cabezas durante tres o cuatro horas. Si se ponen de pie, aún tienen la oportunidad de ver cómo brillan las perlas abajo (porque ésas perlas brillan; tremendo, pero cierto).
¿A ver, la orquesta? Bien, aún no se ha dormido ningún músico. Oh, se apagan las luces, se sube el telón... ¡Y empieza la función! ¿Qué es?
Muy bien, se trata del Liceo, un domingo a las cinco de la tarde. Premio.

¿JUGAMOS? A VER SI LE BUSCÁIS UN FINAL A ESTE RELATO…HOY: “A DIOS ROGANDO…”

-Doctor, no puedo más. Ayúdeme, se lo ruego…
El psiquiatra estaba un poco desorientado; no sabía cómo dirigirse a su nuevo paciente:
-Tranquilícese, estooooo,…padre,… Tome asiento, y cuénteme el motivo de su visita…
El cura sujetó su mano izquierda con su mano derecha, en un esfuerzo por calmar el tembleque de las dos. Respiró hondo y, con un hilo de voz, empezó a desmadejar su satánico drama personal:
-Verá, doctor, yo creo que… me acecha la locura. O el estrés. O el diablo. O los tres.
El psiquiatra, en un alarde médico de perspicacia e intuición, le hizo una pregunta decisiva:
-¿Qué le hace pensar en esta probabilidad?
Alentado por el interés del especialista, el sacerdote encontró el clima adecuado para confesarse:


-Es que… bueno, mire, yo trabajo en un tanatorio. Ya sabe cómo son las cosas en una gran ciudad. Muere mucha gente, y los actos religiosos se suceden sin fin y sin descanso alguno. Dicen que hay escasez de médicos, pero nadie habla de la falta de curas. Estamos desbordados.
Tal como le corresponde a un sacerdote responsable y motivado por su trabajo, me gusta charlar previamente con los familiares más directos del finado, con el objetivo de conocerle mínimamente, y así poder esbozar durante el funeral un retrato fiel y emotivo... Pues verá, desde hace unos días, se me amontonan en la cabeza los nombres de todos mis muertos. Confundo a Pepitos, Juanitos, Carlos, Fernandos, Anselmas, Marías, Margaritas, Isabeles,…Sus nombres se entremezclan con malicia, sus acciones se me enredan en las canas, sus anécdotas enturbian mi lucidez, sus virtudes y defectos huyen de mi memoria… Sin ir más lejos, el otro día tuve unas palabras de admiración hacia el que creía un excelente cazador, cuando en realidad me encontraba oficiando una misa por el alma de un acérrimo defensor de los animales…¿Se da cuenta? ¡Es horrible!
No puedo más, me rindo. Pido a Dios cada mañana que mis sentidos se aclaren, que las confusiones se disipen, que mi mente se ilumine, pero mis plegarias caen en saco roto...
El psiquiatra lo miraba por encima de sus gafas, y tomaba nota meticulosamente.
-¿Quiere saber lo que más me atormenta? –añadió el cura- ¿No se lo imagina? Me doy asco sólo de pensarlo, pero… estoy empezando a dudar de mi propia fe…

¡ALEGRÍA, ALEGRÍA! HOY: "LA CIUDAD SECRETA"

Vivo en una ciudad ruidosa, sucia, inhóspita y cruel. Es excesiva y opresiva, desequilibrada, histérica, y hace tiempo que dejó de tener cielo.
Es el reino de la prisa y la ansiedad, de la falta de educación y cortesía, y ha aprendido con facilidad a ignorar los pequeños placeres cotidianos de la vida. Una ciudad que no descansa y con todo su tiempo ocupado no puede ser feliz.
Y esta ciudad trabaja las veinticuatro horas del día.
Sin embargo, es generosa en miseria. Miseria en forma de rata osada y descarada que se pasea sin miedo por una superficie a la que no debería pertenecer. Miseria en forma de palomas abatidas, cojas y encogidas, que callejean por las gélidas aceras en invierno y por el cemento incandescente en verano. Miseria en forma de pordiosero que hurga en la basura de alguien con mejor suerte. Miseria en forma de sus tristes y maleducados habitantes, hormigas alocadas, almas en pena, cuya mirada sólo refleja una indiferencia que lo dice todo.


Esta ciudad enferma observa con curiosidad de científico malsano a sus árboles invernales; aún les queda esa belleza dramática de las ramas desnudas que buscan desesperadamente un cielo que no existe, para pedir una clemencia que no llegará nunca. Las ramas miran hacia arriba, evitando así la realidad que les rodea, e imploran a un Dios al que nunca han visto y en el que creen a pesar de ser árboles, para que les permita poder huir de esta ciudad que no sabe hacer otra cosa que ahogarse en su propia angustia. Algunos árboles, hartos de la primavera que la ciudad les ofrece cada año, estiran insolentes y orgullosos sus secas ramas al aire y las mantienen desnudas, como medida de protesta y rechazo, en un acto de idealismo inútil e ignorado. Los más dóciles, sin embargo, aceptan la primavera con una mezcla de resignación y fatalidad cíclica; esconden sus ramas bajo unas hojas que en verano caen desesperadas ante un sol implacable, formando un inesperado mar de muerte crujiente sobre las aceras.
Sin embargo, al igual que la luna, mi ciudad tiene dos caras, y una también está oculta. Esa cara guarda un tesoro, sólo al alcance de quien lo sepa ver.
Esa es mi ciudad secreta.
Para descubrirla, es necesario mirar con otros ojos.

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