
Lo primero que llamó la atención de Dorotea al entrar en la
habitación 101 fue una hoja de papel sobre la cama. La agarró, le echó un distraído vistazo y
dio un respingo: era el principio de un relato manuscrito, encabezado con un
sorprendente “Léalo, por favor. Deme su opinión y dígame si debo continuarlo”.
Aunque aún tenía muchas habitaciones por limpiar, a Dorotea le
resultó imposible desobedecer. Se sentó en la butaca, leyó con detenimiento y
al finalizar tomó su bolígrafo y apuntó sobre la misma hoja: “Estilo un poco
recargado. ¿Por qué no incluye más diálogos? En cambio, la historia engancha. Adelante”.
Al día siguiente, encontró en la misma habitación dos hojas
sobre la cama: “Gracias por sus sabios consejos”, leyó Dorotea, complacida, “a
ver qué le parece ahora”. La mujer se sentó de nuevo y tras estudiarlo más a
fondo, escribió: “Mucho más ágil. La frase del comienzo, memorable. Los
personajes quedan bien retratados por sus acciones. Ánimo. No me defraude con
el final”.
El tercer día, la camarera entró como un huracán en la
habitación 101 y se apoderó violentamente de las cuatro hojas que
descansaban sobre la cama: “Espero que esté a la altura”, decía una nota en la
parte superior, “he hecho lo que he podido. Un cordial saludo, con todo mi
agradecimiento”.
La camarera devoró el relato, presa del entusiasmo. Cuando acabó, permaneció pensativa unos
minutos con un peculiar brillo en los ojos. Luego dobló
cuidadosamente las hojas, las metió en un bolsillo, y salió de la habitación, no sin antes haber realizado todos sus
quehaceres.